Este país abandonó el comunismo: ahora es el Estado más eficiente del mundo

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Estonia es un gran ejemplo de un país que hizo reformas de libre mercado de forma rápida y valientemente. El país hizo una transición ágil al libre mercado y, por derivación, a la democracia y a una sociedad abierta, con un gran éxito económico, junto con los otros dos países bálticos de ascendencia soviética, Letonia y Lituania. Al hacerlo forma temprana, logró consolidarse como la economía báltica más atractiva y ha tenido buenos beneficios, como entrar en la Unión Europea (2004). En los últimos años la economía estonia disfruta de uno de los mayores crecimientos de la Eurozona. En tal sentido, Estonia podría ser un gran referente para otros países que quieren reformar exitosamente sus economías.

Estonia ha luchado larga y pacientemente por su libertad: en 1918 se independiza de Rusia y crea un estado moderno. La alegría no duraría mucho, ya que el país fue ocupado por los comunistas, los nazis y de nuevo los comunistas, hasta la caída de la Unión Soviética en 1991, cuando Estonia tuvo el liderazgo y la determinación para quebrar el status quo impuesto por la Unión Soviética. Así, ese año, Estonia obtiene su libertad después de 50 años de ocupación soviética.

Salir de la órbita soviética y enfilarse a ser una economía libre no fue fácil al principio:  los salarios reales disminuyeron, el desempleo llegó al 30 por ciento, la inflación llegó a 1.000 por ciento anual. Hubo racionamiento de leche, mantequilla, gasolina y muchos otros productos, en buena medida por las restricciones impuestas por Rusia y su amenaza militar. Estonia había dejado el comunismo, pero la tarea final era ir hacia el libre mercado.

Años de crecimiento económico negativo, obligaron a abrir la economía y estimular la inversión extranjera, la privatización de empresas estatales y una mayor cooperación con países como Finlandia y aquellos de la zona del Mediterráneo. Estonia también se dio tiempo para iniciar una gran reforma educativa de la mano de las tecnologías de la información, cuyos frutos hoy recoge.

Es difícil medir la libertad económica existente en 1991 ya que no hay mucha información confiable, pero la que hay, sobre el comercio internacional, muestra que Estonia era una economía cerrada, que tenía todos los controles posibles contra el capital, barreras insuperables a la inversión extranjera y un tipo de cambio paralelo. También se sabe que los bancos pertenecían al Estado, por lo que no había competencia bancaria. Hoy la privatización de empresas públicas está casi completa, solo el puerto y las centrales eléctricas principales permanecen en manos del estado.

La difícil situación en la economía obligó a no perder tiempo, así que se decidió actuar rápidamente. Estonia así reformó el sistema monetario, se balancearon las cuentas nacionales, evitando los déficits presupuestales. El país se abrió a la competencia. Se hizo una reforma fiscal que redujo los impuestos. Al respecto, se introdujo un impuesto único. Así, Estonia ha duplicado su renta per cápita durante los últimos 20 años, en buena medida gracias a un sistema fiscal que no penaliza el ahorro personal, la inversión empresarial, la renta personal y la propiedad. Según el Índice de Competitividad Fiscal 2019, Estonia es el país con los impuestos más competitivos del mundo, con un sistema fiscal que, de acuerdo con la Tax Foundation, es el mejor de toda la OCDE.

Estonia implementó también un gobierno electrónico para facilitar las transacciones y hacer los trámites en línea. Según el Foro Económico Mundial, hoy Estonia ocupa el puesto 25 mundial en cuanto al índice de uso de la infotecnología, siendo el país mejor situado de Europa del Este. Desde la lenta burocracia soviética Estonia pasó a ser el país más digitalizado del planeta.

En una conferencia organizada por el Instituto Económico de Montreal en abril 30 2004, Mart Laar, antiguo primer ministro de Estonia, dijo que no se deben subestimar las instituciones: no puede haber una economía de libre mercado sin un sistema de justicia eficaz, que defienda la propiedad privada de los ciudadanos. También, según Laar, es importante no utilizar la vieja maquinaria estatal para tener éxito: la nueva administración no debe ser de la vieja guarda, ni deben estar contaminados por la antigua forma de hacer las cosas. Es menester terminar con la toma de decisiones basada en las relaciones personales y las manipulaciones políticas. No se necesita a la gente con las viejas mañas: a un perro viejo no se le pueden enseñar nuevos trucos. Esa es una valiosa enseñanza para muchos países que iniciaron transiciones sobre la espalda de la vieja nomenclatura, que sólo saboteó las reformas. México es un ejemplo de esto. 

Laar también recomienda hacer las reformas de libre mercado rápidamente, más que embarcarse en medidas graduales, aun si el gobierno sufre electoralmente o en su popularidad. Gobiernos como el de Mauricio Macri en Argentina debieron haber escuchado estas recomendaciones.

Pero volvamos a la situación actual de Estonia. Si analizamos Libertad Económica en el Mundo: Informe Anual 2019 del Instituto Fraser, Estonia tiene un puntaje de 7,89 sobre 10 (10 es la mayor libertad económica posible) en la envidiable posición No. 13 del ranking mundial, el más alto entre los países bálticos.

En el primer componente del del informe, tamaño de gobierno, Estonia tiene un puntaje  de 6,2/10, nota que se ha venido mejorando, ya que en 1990 era sólo de 4,3. Destaca que las empresas del Estado no ocupan un lugar importante en la economía y que el impuesto sobre la renta tiene una tasa máxima de 20 por ciento.

En el segundo componente, el sistema legal, Estonia tiene un puntaje de 7,4/10. En él destaca la independencia judicial, la protección a los derechos de propiedad, la facilidad para transacciones de bienes y raíces, así como la eficacia de la policía, y la ausencia de crímenes contra de los negocios.

En el tercer componente, moneda sana, Estonia cuenta con un puntaje de 9,27/10 ya que goza de estabilidad monetaria, tiene una inflación baja y esta varía poco. Adicionalmente, los ciudadanos tienen la libertad de tener cuentas en divisas extranjeras.

En el cuarto componente, la libertad de comercio, Estonia tiene un puntaje de  8,42/10. El país se destaca por sus aranceles bajos. Esto es así en parte porque Estonia pertenece a la Unión Europea, lo que le da acceso a un mercado inmenso para sus productores. En Estonia los trámites de exportaciones e importaciones son ágiles. También hay una gran apertura a la inversión extranjera directa.

En el quinto componente, las regulaciones crediticias, laborales y empresariales, Estonia tiene un puntaje de  8,2/10. Las regulaciones crediticias han derivado en una alta competencia bancaria: todos los bancos son privados, el gobierno no absorbe el crédito privado y hay ausencia de tasas de interés negativas. En regulaciones laborales tenemos una mezcla: por un lado hay restricciones en la renovación de contratos temporales, en las horas de trabajo y existe el servicio militar obligatoriopor otro lado, la mayoría de los contratos se hacen a nivel de empresa y no es costoso despedir a un trabajador redundante cuando las operaciones de la empresa disminuyen. Estonia tiene gran calidad de regulaciones empresariales, ya que es fácil abrir empresas y no es costoso. El costo burocrático es bajo. Los permisos para operar la empresa se obtienen en un tiempo razonable. Pagar impuestos es relativamente fácil ya que los impuestos son bajos y se tiene un impuesto único, lo que representa un enorme avance en cuanto a facilidad y predictibilidad impositiva.

Por estas razones es que Estonia es un gran ejemplo a seguir para países que quieren ser competitivos. Así, Estonia es otra muestra del éxito del libre mercado, del capitalismo.

FUENTE: elcato.org 

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