PREGUNTAS FRECUENTES

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¿Por qué La Ele es liberal?

Porque creemos filosóficamente que ningún humano está sobre el resto ni puede imponerle a terceros su proyecto de vida y que una economía de mercado es, en última instancia, el único método de organizar la producción y la interacción humana compatible con la libre elección. Porque despreciamos el totalitarismo en cualquiera de sus formas y sus avances sobre las preferencias y la diversidad individual.

Pero además, porque creemos en el valor de las estadísticas y las mismas avalan en forma contundente los resultados positivos de una forma de organización social que tenga a la libertad económica y social entre sus valores fundacionales.

¿Hay relación entre la libertad y el progreso económico?

Por supuesto! Los países que han abrazado sistemas más proclives al libre mercado, la apertura al comercio y el respeto a la iniciativa y la propiedad privada han obtenido mucho mejores resultados en materia de crecimiento y han alcanzado niveles de ingreso muy superiores que los que optaron por restringir a las fuerzas de mercado.

De acuerdo al Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation 2018, las economías catalogadas como “libres” o “mayormente libres” duplican el ingreso promedio del resto de los países y quintuplican el de aquellos considerados “países reprimidos” por sus bajos niveles de libertad.

Un repaso rápido confirma la intuición. Al tope de los más libres aparecen Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda, Irlanda, Suiza y Australia. Al fondo del listado, en cambio, aparecen Corea del Norte, Venezuela, Cuba, Zimbabwe y Congo (Ver: https://www.heritage.org/index/)

El análisis de los resultados del informe demuestra, matemáticamente, que a mayor puntaje en el Índice de Libertad Económica, mayor resulta el ingreso per cápita.

¿El mundo mejoró con el capitalismo?

Sí! Aunque en general la literatura y el arte usen el término despectivamente (de hecho, la palabra “capitalismo” como tal fue acuñada por sus opositores), los números son contudentes. La producción mundial, que durante milenios había permanecido casi estancada, se disparó desde la Revolución Industrial. La aceleración que adquirió la curva en los últimos 100 años es un fenómeno inédito en la historia de nuestra especie y ha permitido multiplicar la población, la esperanza de vida y las condiciones materiales de miles de millones de personas.

La producción mundial ha visto un crecimiento inédito en los últimos 2 siglos

¿El capitalismo no beneficia sólo a las corporaciones y a los ricos?

No! Las condiciones materiales de la población mundial en su conjunto han mejorado a un ritmo nunca antes visto en los últimos 200 años, desde la difusión del sistema capitalista.

En el 1800 casi el 95% vivía con ingresos que podríamos considerar de “extrema pobreza”. Hoy, el 95%, por el contrario, no vive en pobreza extrema.

La proporción de población viviendo en la pobreza ha bajado a buen ritmo. Incluso en términos nominales, se verifica un descenso pese al crecimiento acelerado de la población.

En consecuencia, los humanos podemos ser más y vivimos más. La esperanza de vida, que se había mantenido estable entre 30 y 40 años desde el Paleolítico, se disparó a más de 70 años y ya supera los 80 en las economías avanzadas.

Estancada durante milenios, la esperanza de vida se ha disparado desde 1820

La población mundial crece a buen ritmo (si bien tiende a estabilizarse por la menor tasa de fertilidad), después de milenios donde plagas y hambrunas tendían a diezmarla periódicamente y a mantener el número estancado.. Desde 1750, los humanos nos multiplicamos por diez. Somos muchísimos más, producimos más y vivimos mejor.

Los indicadores de vacunación, alfabetización, salud y mortalidad infantil también muestran mejoras a un ritmo nunca visto en la historia humana desde la difusión del capitalismo.

¿Es verdad que los países más ricos explotan al resto en un sistema capitalista?

No! Los países que hoy encabezan los ranking de desarrollo llevan, en general, siglos (o al menos varias décadas) con economías de mercado. Pero en los últimos años, a medida que el capitalismo fue llegando a numerosos países de África y Asia, el crecimiento en las regiones más atrasadas se ha ido acelerando.

En 2018, los 30 países cuyas economías mostraron porcentajes de crecimiento más altos fueron países pobres o emergentes de África y Asia (como India, Ruanda o Etiopía) o América Latina (Panamá).

De hecho, en promedio, los emergentes crecieron 4,7% en 2018, contra 2,1% de las economías avanzadas. Esto muestra una suerte de catch-up, donde cada vez más países se suben al “tren del desarrollo”, de modo que las regiones más pobres comienzan a recortar terreno. En los últimos años, los más beneficiados por el crecimiento económico están siendo los países pobres y no los grandes centros económicos capitalistas, lo que ayuda a sacar a millones de personas por año de la pobreza.

Los países que más crecen son emergentes de Asia y África

¿Qué países consideran modelos o referentes?

No existen recetas unificadas ni universalmente válidas, pero son muchísimos los ejemplos de países que han logrado avanzar hacia el desarrollo económico apostando a Economías con estados fiscalmente responsables y entornos amigables al comercio y la iniciativa privada.

En la región, Chile y Panamá se han convertido en los países con ingreso más alto, siendo las dos naciones con mayor libertad económica de Latinoamérica. A nivel mundial, economías como Hong Kong o Singapur han logrado resultados impresionantes basadas en el comercio mundial.

Incluso China ha salido de su milenario letargo económico y ha comenzado a obtener resultados acelerados desde que comenzó a introducir reformas pro-mercado en su sistema económico.

¿El mundo no está empeorando?

No! Con la globalización, la información adquirió otra escala y otra velocidad. Y cualquier periodista sabe que una mala noticia siempre vende mucho más. Hoy por hoy, nos informamos a diario de terremotos, inundaciones, accidentes aéreos, atentados en cualquier parte del globo casi en tiempo real. La sensación resultante suele ser la del desánimo: el mundo se está transformando en un lugar peor, más violento y más pobre.

Nada más alejado de la realidad, sólo que las mejoras son progresivas y no suelen ser tan taquilleras para los títulos de las noticias.

De hecho, estamos en condiciones de afirmar que 2018 fue el mejor año de la historia de la humanidad y, casi sin dudas, 2019 lo supere.

En 2018, cada día unas 205.000 personas obtuvieron acceso a la electricidad y 300.000 lo hicieron al agua potable. 620.000 por día se conectaron a Internet por primera vez. La mortalidad infantil, en términos nominales, es la mitad que en los 90. Casi 100.000 personas por día salen de la pobreza extrema. Nunca en la historia un porcentaje de la humanidad tan grande tuvo acceso a la alfabetización y vivió fuera de la pobreza. La reducción de la pobreza continuará este año, con un crecimiento mundial que se espera se mantenga alto en países muy pobres y superpoblados como India, Etiopía o Vietnam. Las tasas de homicidios están en mínimos históricos, pese a los difundidos ataques terroristas y extremistas que se vienen repitiendo en los últimos años.

El mundo es cada día un lugar más justo, menos pobre y más seguro, pese a que los flashes de las noticias trágicas suelen taparnos el bosque.

Pero… ¿y el medio ambiente?

El crecimiento mundial en los últimos 2 siglos ha sido inédito y se vio reflejado en un aumento de la población humana, que se multiplicó por diez. Esto ha disparado las alarmas sobre qué tan sustentable es este sendero en cuanto a su impacto en el medio ambiente, especialmente en lo relacionado con el cambio climático y la disponibilidad de recursos naturales como agua potable. Si bien los científicos no se ponen de acuerdo sobre si este fenómeno de cambio climático es antropogénico (es decir, tiene su origen en la actividad humana) o es un ciclo que afecta al planeta no generado por nuestra especie, es razonable que la expansión de la producción humana genera impactos en el ambiente y estos pueden ser perjudiciales.

En particular, los principales problemas aparecen allí donde los humanos aún no hemos establecido derechos de propiedad definidos (el aire, el espacio atmosférico, los principales cursos de agua). Estos espacios están sujetos a la “tragedia de los comunes”. La tragedia se suele ilustrar con una pradera común donde distintos pastores llevan a pastar sus ovejas. Como ninguno es dueño del suelo, pero cada uno es dueño de sus ovejas, los pastores tienen incentivos a hacer un uso excesivo del suelo o ampliar su rebaño: captan todo el beneficio de esa acción (rebaño más grande o mejor alimentado), pero dividen el costo del desgaste del suelo entre todo el resto. Si un productor individualmente decidiera restringir su uso del suelo, vería reducidos sus ingresos y el impacto en términos de mejora del suelo le sería casi imperceptible. Así, la consecuencia termina siendo que el suelo se sobrepastorea y termina volviéndose inutilizable para todos. En general, cualquier acción contaminante de las empresas se puede explicar con esta lógica de captar beneficios y dividir con el resto los costos.

En este sentido, imponer derechos de propiedad allí donde fuera posible es una posible solución: así, cada uno capta los beneficios pero también los perjuicios de sus acciones. Si un productor “sobreexige” el suelo tendrá el beneficio de mejorar sus ingresos de corto plazo pero también el perjuicio. En su ecuación, deberá entrar entonces el factor “cuidado del suelo”. Al momento, ya hay numerosos intentos en marcha que siguen esta lógica, para crear “mercados” de derechos de emisión de contaminantes.

Desde aquí, confiamos justamente en que la inventiva y la capacidad humana serán capaces de volantear a tiempo para evitar consecuencias no deseables del cambio climático, aun si este no fuese antropogénico.

La economía en sus orígenes era conocida como “la ciencia sombría” por las predicciones de Thomas Malthus, uno de los primeros economistas de renombre, parcialmente contemporáneo de Adam Smith, que, alarmado por cómo se empezaba a acelerar el crecimiento poblacional, calculó que la humanidad estaba condenada a un futuro oscuro de hambrunas, porque sería incapaz de alimentar a una población cada vez mayor.

Obviamente, estas predicciones se demostraron erradas con el tiempo. La producción de alimentos aumentó mucho más rápido que la población, no sólo porque se sumaron áreas nuevas sino, sobre todo, porque se aumentó la productividad y se mejoraron las técnicas de producción de alimentos. El humano fue capaz de resolver el problema.

En general, los análisis apocalípticos a futuro subestiman la capacidad de nuestra especie para solucionar las cosas. Hacen un análisis a largo plazo de las consecuencias que tendría determinado fenómeno si todo siguiera tal cual está, ignorando el cambio tecnológico. Pero en un sistema de precios libres, el mercado justamente va generando los incentivos para dirigir la producción hacia aquellos sectores que pueden dar respuesta al problema ¿O no han ido apareciendo en los últimos años cada vez más técnicas limpias de producción para dar respuesta a la demanda de mayor compromiso ambiental?

Por ejemplo, la producción de energías renovables viene creciendo exponencialmente y va reemplazando en forma progresiva a las fuentes más contaminantes, basadas en combustibles fósiles. Año a año, producir energías alternativas limpias resulta más barato y más conveniente, de la mano de ingentes recursos que las empresas dedican a investigar mejores técnicas de producción de las mismas, justamente motivadas por preservar la sustentabilidad de sus negocios a largo plazo.

La producción de energías limpias viene creciendo a pasos agigantados

¿El capitalismo aumenta la desigualdad?

Aunque es un asunto discutido entre los economistas, no existen evidencias concluyentes que demuestren una relación directa entre libertad económica y desigualdad de ingresos.

Algunos estudios han señalado que, cuando una economía pobre adopta el capitalismo, en primera instancia la desigualdad aumenta (a medida que algunos sectores pasan a liderar el crecimiento económico) pero luego, con la persistencia del crecimiento, la desigualdad se vuelve a reducir, a medida que los beneficios del progreso se van haciendo extendidos. A este fenómeno los economistas lo llaman “la U” o “la curva de Kuznetz” en honor al economista que formuló por primera vez esta secuencia.

La curva de Kuznetz, una construcción teórica que relaciona desigualdad y nivel de ingreso.

De todos modos, antes que la igualdad en sí misma, lo que debería ser considerado como objetivo de política económica es la reducción de la pobreza. Salvo razones ideológicas fundadas en la envidia, un resultado deseable es que la mayor cantidad de gente posible viva mejor antes que la desigualdad se reduzca por un empobrecimiento generalizado que iguale en la pobreza. Una reforma que aumenta el ingreso de toda la población (pobres y ricos) es deseable, incluso si aumentara proporcionalmente la distancia entre ambos segmentos. 

¿No es bueno que el Estado promueva el consumo?

No! En la historia económica reciente, la mayoría de las crisis macroeconómicas han tenido origen en fallas del Estado y razones fiscales (déficit excesivo financiado con emisión, booms de consumo artificialmente generados, crisis de deuda, etc.).

Al relatar los beneficios de un “Estado presente”, los políticos sólo hacen eje en los efectos expansivos del gasto público (en cualquiera de sus formas: subsidios, empleo público, transferencias directas a la promoción, compras a cargo del Estado, obras públicas, etc).

Sin embargo, omiten contar el otro lado de la historia: para financiar ese gasto, se requiere extraerlo del sector privado, es decir de los ciudadanos que son sus dueños originales, lo cual resulta contractivo. Aunque un cierto nivel impositivo es necesario para financiar las funciones lógicas del Estado (Justicia, defensa, seguridad, educación o salud), la voracidad fiscal suele llevar a que los Gobiernos extraigan mucho más dinero para sostener sus gastos.

Dado que en casi todos los casos, las personas hacen un uso más económicamente productivo con su propio dinero (por razonas de incentivos, información y conocimiento sobre su propio negocio), no resulta bueno para la economía que el Estado extraiga ese dinero de la economía para luego usarlo a discreción de los funcionarios.